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COP 23: Otra instancia de diálogo para la implementación del Acuerdo de París

Boletín 04: Cumbre del Clima en Bonn. 7-11-2017 Ver más

Por Hernán Carlino,
Especialista en Política Climática
Fundación Torcuato Di Tella (FTDT)

Casi 20 mil personas peregrinan durante estas dos semanas, entre el 6 y el 17 de noviembre, en Bonn, Alemania, para participar de la vigésima tercera sesión de la Conferencia de las Partes de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático.

Como viene sucediendo desde hace casi 25 años, las sesiones anuales de la Conferencia de las Partes de la Convención convocan, casi siempre, a numerosos participantes, que representan a sus países, a la sociedad civil, a las empresas, a los medios de comunicación, a la comunidad epistémica y, más recientemente, a las ciudades, entre otros grupos interesados en la cuestión del cambio climático.

La responsabilidad central de los gobiernos ha sido construir el régimen climático internacional, a partir de la adopción de la Convención en 1992. Si se sopesan los resultados, teniendo en cuenta los 25 años transcurridos, éstos parecen ser aun insuficientes.

Alguien que no esté directamente involucrado en el proceso de negociación podría preguntarse para qué sirven estos esfuerzos tan extendidos en el tiempo y cómo mejoran la vida de las personas, si es que acaso lo hacen.

Más precisamente, de qué modo lo que pase en Bonn estos días podrá cambiar, para mejor, la vida cotidiana de miles de millones de habitantes del planeta.

La respuesta reclama una corta explicación. El cambio climático provocado por las emisiones de gases de efecto invernadero altera el funcionamiento del sistema climático global. Esas alteraciones ocasionan, a su vez, eventos climáticos extremos, inundaciones, sequías, huracanes más poderosos, elevación del nivel del mar y acidificación de los océanos, entre otros muchos procesos y efectos adversos.

Así, este año los eventos climáticos extremos han infligido daños severos, por ejemplo debido a inundaciones en India y Nigeria, a los huracanes que devastaron países del Caribe y Centro y Norte América e incendios forestales salvajes en Europa y los Estados Unidos.

Para evitar que esto suceda cada vez con mayor intensidad, o para disminuir la magnitud de los impactos, hay que hacer frente colectivamente al cambio climático. Es lo que se proponen hacer la Convención y el Acuerdo de París y lo que intentó, en su momento, lograr el Protocolo de Kioto, mediante la regulación de las emisiones de los países que más emitían en ese momento.

Pero hacer frente al cambio climático requiere cambiar completamente las reglas de juego que definen el funcionamiento de sistemas clave de las sociedades contemporáneas: el de la energía, el uso de la tierra, la actividad industrial, el transporte, la infraestructura, los modos de la vida urbana y, además, cambiar radicalmente los patrones de consumo de una porción de los habitantes del planeta.

El objetivo de las transformaciones que deberían ponerse en marcha es reducir drásticamente las emisiones de gases de efecto invernadero que son producto de las actividades humanas.

En un mundo que ya tiene problemas serios –estancamiento, desempleo, crisis financiera, desigualdades evidentes, volatilidad-, introducir los cambios necesarios no es sencillo. Y esto explica por qué los países discuten palmo a palmo los textos que integran el régimen climático y las restricciones que ellos implican.

Es que, como consecuencia de los cambios que hay que hacer, habrá algunos sectores perjudicados y otros se beneficiarán. Las empresas que dominan la producción de energéticos fósiles se resisten -o se resistían- a aceptar la construcción gradual de nuevas reglas de juego que, eventualmente, reduzcan el valor de sus activos y el tamaño de sus negocios. Esto significa que sectores enteros de la industria deberán hacer vastas inversiones para adecuarse a las nuevas reglas.

Los gobiernos, empujados por la necesidad de dar respuestas a la demandas de corto plazo de la sociedad –más empleo, crecimiento sostenido, aumento infinito del bienestar material (al menos en algunas regiones, países y sectores de la población)- pueden temer que impulsar estas transformaciones ocasione que haya más afectados que beneficiados.

Por eso es que las negociaciones van lentas.

El Acuerdo de París pareció ser un paso vigoroso hacia adelante.

El Acuerdo estableció los principios aunque no los detalles. También, y esto es lo que se discute en Bonn estos días, cómo hacer para que el Acuerdo de París mantenga el impulso inicial, funcione y sea efectivo, para lo cual es preciso completar la definición de detalle de las reglas de juego que el propio Acuerdo establece.

Pero que esto suceda, aquí y ahora, no significa que esté todo resuelto ni muchos menos. Los impactos del cambio climático no disminuirán, sino que probablemente crezcan todavía en los próximos años. Los cambios no tendrán los mismos efectos para todos; hará falta tiempo para que las cosas mejoren.

No obstante, si hay avances estos días, podremos pensar que estamos en el buen camino y que, para evitar la desolación que traen cada uno de los desastres climáticos, la comunidad internacional es capaz de cooperar, aunque más lentamente de lo que sería necesario.